El Woody visagra

27/Oct/2011

El Observador, Valentín Trujillo

El Woody visagra

RELATO
27-10-11 La última noche de Boris Grushenko es la última de las comedias bobonas y la primera de las películas filosóficas de Allen
VALENTÍN TRUJILLO
El año 1975 fue fundamental para Woody Allen. Rompió un cascarón que lo tenía solo como un buen comediante y de esa eclosión surgió un autor mayor. Lo particular es que la película con la que se produjo el salto fue una comedia en principio sin demasiadas pretensiones.
El filme fue La última noche de Boris Grushenko (cuyo nombre original es Love and death) y es un compendio de parodias y bromas a la cultura rusa. Pero toda burla tiene un dejo de homenaje y eso es lo que hace Allen a lo largo de toda la película.
La acción se ubica a principios del siglo XIX en la Rusia zarista y tradicional. La invasión napoleónica está a la vuelta de la esquina, la exaltación patriótica fluye en las venas de los hombres. Pero Boris (Allen) es un cobarde alfeñique que pasa sus horas reflexionando sobre los temas existenciales, apenas un pichón de Karamazov, apenas un personaje secundario de alguna novela kilométrica de Tolstoi.
La última noche marca la frontera entre las comedias rendidoras pero un poco bobaliconas que filmó Woody Allen entre fines de 1960 y principios de 1970, como el falso documental Robó, huyó y lo atraparon (Take the Money and run, de 1969), el delirio revolucionario de Bananas (1971), Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se animaba a preguntar (1972), y sobre todo esa demente parábola futurista llamada El dormilón (Sleeper, 1974).
Esas comedias no pretendían mucho más que buenos chistes -que los tenían- y gags al estilo de las películas mudas de la década de 1920. Allí se explotaba a un humorista de rigor, a un referente del stand up, a un monologuista talentoso que frente a la cámara solo derramaba un personaje cómico pero perdedor, que ya tenía masticado de décadas de shows en escenarios de Nueva York y en televisión.
Pero en La noche… marca un punto de inflexión. Sí, claro, tiene bromas muy buenas, como la convención nacional de idiotas rusos, a la que concurre un idiota por cada pueblo. O el padre de Boris, que anda con su «pedazo de tierra» en el bolsillo de su saco raído. O el doble de Napoleón, que se pelea con el original. O la torpeza del entrenamiento de Boris en el ejército.
Incluso a nivel visual, Woody hace guiños intelectualosos que empezaban a sorprender: en la batalla a un soldado de lentes le perforan un monóculo, y las estatuas de los leones se yerguen, en un doble homenaje al Acorazado Potemkin, de Einsentein.
Pero además de eso, la película reflexiona y hace reflexionar con sus personajes (una muy joven Diane Keaton hace el contrapunto filosófico con Woody). El amor y la muerte del título no quedan solo en ese par conceptual.
Al final, llega otro homenaje: Boris muere y es la muerte, que con una larga guadaña y enfundada en una sábana blanca, se lo lleva en un baile a través de una hilera de árboles. Bergman y El séptimo sello aparecen como gran reverencia de un comediante joven y neoyorkino.
No es casual que después de La última noche& Allen filmara Annie Hall, ganara circunstancialmente el Oscar a mejor película, saltara a la fama como cineasta personal y de talla con estilo propio, y se adentrara en una carrera hasta hoy admirable.
La perspectiva del tiempo ayuda a ver desde el presente ese momento preciso: cuando un campesino ruso abufonado y miedoso se pone a reflexionar sobre el sentido de la vida antes de esconderse dentro de un cañón, del que saldrá como una bala para hacer explotar una tienda del ejército francés.